Nada se puede planificar cuando tienes hijos.

Yo pensaba que la lactancia era cuestión de elección personal. Como decidir el nombre del bebé, o el modelo de su cochecito y el color de sus primeros patucos. Cada vez que me preguntaban antes de dar a luz a mi primogénita, decía, convencida: “Le daré teta. Durante un año, al menos. Más si puede ser. Hasta la OMS lo recomienda.”

Yoma (nombre inventado que une la primera sílaba de mi nombre y el de mi marido) llegó sin prisa, algo asustada, tranquila. Se enganchó bien la primera vez. “¡Qué bonito! “ – pensé. “Parezco una mamá hecha y derecha. Como las que salen en la tele y en los anuncios. ¡Adoro la maternidad!”

La lactancia de Yoma no funcionó. A pesar de mi tesón y de toda la información de la que me había empapado,  no supe llevarla bien. Ninguna revista me había hablado de cómo tratar un pezón invertido, nadie me contó cómo tratar las dolorosísimas (y tan comunes) grietas, ningún profesional me insistió en que era vital que mi niña no pasara más de 3h sin comer. Yoma dormía 5-6h seguidas por la noche, y yo seguía esa demanda suya – insuficiente – sin referencias reales, sin mujeres en mi familia que me pudieran hablar de su experiencia dando el pecho, sin el apoyo diario que tanto necesitaba. A los 2 meses, pesaba 300 g menos que al nacer. “Biberón o ingresarla en el hospital” – eran las opciones. Así que comenzó el “bibi”, se acabó mi leche gradualmente y me invadieron la pena y frustración más grandes de mi vida, sintiéndome una madre terrible, que le había fallado a su hija hasta el punto de haber puesto su salud en peligro.

Naím llegó 2 años después. Con él, me encontraba en una ciudad nueva. “No volverá a pasarme lo mismo. Necesito ayuda de otras mujeres.” Buscando, buscando, di con www.criarconapego.com y su programa de madrinas de lactancia. ¡Por fin había encontrado a una tribu! ¡A mi tribu! Manmen fue la encargada de llevar mis primeros 6 meses de lactancia con Naím. Me resolvía dudas al momento, venía a verme con frecuencia, me daba solución a todos los problemas y dudas que iban surgiendo. Ahora, sí. Ahora, lo iba a conseguir. “-¡Vamos, campeón!” – le susurraba constantemente a mi koalita, mientras me aseguraba de que la alarma sonaría cada 2h día y noche para producir leche suficiente y ayudarle a un buen ritmo de tomas. Una semana después de dar a luz, fui a la gran prueba: pesarlo en la farmacia. Iba con miedo, temiendo lo peor. Pero mi niño había ganado bastantes gramos, estaba redondo, rebosaba salud. “-¡Ha ganado peso! ¿Esta báscula está bien, verdad? ¡Ha ganado peso! ¡Lo hemos conseguido! ¡Y solo con mi leche!” – gritaba, loca de alegría, emocionada, feliz.

Yoma, sorprendida al principio, comenzó a darle teta a sus muñecos, a tomarse en su biberón la leche que yo me sacaba en el trabajo, a apoyarse sobre mi pecho mientras observaba a su hermano. La vida nos estaba dando una segunda oportunidad a mi hija y a mí. Por fin logré perdonarme a mí misma los errores del pasado, curarme por dentro y seguir adelante sin tanta culpa y dolor.

Afortunadamente, la lactancia de Naím ha durado casi 2 años. Con él, rompí la maldición de, al menos, 4 generaciones en mi familia de no poder dar de mamar. Su destete comenzó siendo nocturno y, de forma gradual y natural, fue dejando de usar mi pecho como alimento.

Pero no se ha separado aún. Sigue “saludando” a sus queridas tetis de vez en cuando, las abraza, se queda dormido sobre ellas, son su zona de relax, su espacio. Sabe que lo colman de todo el amor que su madre siempre le dará. Yoma, en ocasiones, lo imita, y descubrimos así juntas lo que no se nos permitió mientras ella fue bebé.

Cuando llegan los hijos, cierto es que no se puede planificar nada. Que se dice una cosa y luego acabas haciendo lo contrario. Por mi experiencia, solo os puedo asegurar que, sobre todo en la lactancia, tened siempre en cuenta que se mostrará muy viva esa alocada y fascinante imprevisibilidad inherente a la maternidad. Pero, como siempre, merece la pena y nos hace más grandes, más fuertes y las supermamás en las que, sin duda alguna, nos hemos convertido.

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